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Poemas

Caminante

Caminante de paz toma mi mano
Que sólo unidos podrá vivir la tierra.
Crecerá el río que baja de la sierra
Cuando a su paso se le suma un hermano.
Caminante de cara al sol sigamos
Sin miedo a la verdad, la justicia y la muerte.
La dicha de vivir no es sólo suerte
Es lucha sin cuartel por lo que amamos.
El amor a la vida no es errante,
Es cuidar de la flor que no es ajena,
Es aliviar dolor, llantos y penas,
Es compartir contigo, caminante.

20 de enero de 1999.

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(Desde mi altura, p. 51)

 

 

Unas palabras sobre Desde mi altura

Invitado a escribir a toda prisa estas palabras, mientras leía Desde mi altura dos antologías me vinieron de inmediato al recuerdo: Los poetas de la guerra (Nueva York, Patria, 1893), que prologó José Martí; y Poesía trunca (La Habana, Casa de las Américas, 1977), seleccionada y prologada por Mario Benedetti: autores que, no por azar, son entrañablemente admirados (diría más: asumidos) por Antonio Guerrero. Es verdad que este último no es un poeta de la guerra, sino de la paz; y que la suya, felizmente, no es poesía trunca. Pero sus textos están emparentados con muchos de los recogidos en aquellas antologías.

Cuando Martí comenta emocionado versos hechos en la manigua, “en los días en que los hombres firmaban las redondillas con su sangre”, exclama: “Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal a veces pero sólo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien”. Y más adelante: “la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve”, pues “el hombre es superior a la palabra.” Benedetti, por su parte, aludiendo a los poetas que seleccionó, dijo: “Quizás unos fueran revolucionarios que, además, escribían versos, en tanto que otros eran poetas que, además, luchaban por la revolución. Aquí, empero, están todos juntos (…).” El tiempo nos dirá a cuál de estas categorías pertenece Antonio Guerrero.

Él, con modestia, nos explica que el título de su libro se debe no sólo a que sus poemas fueron escritos en un duodécimo piso, “en total aislamiento, separado de todo lo que amo y de todo lo que deseo”: se llama, dice, “desde mi altura, además, porque mi conocimiento de la poesía tiene un nivel escaso y limitado”. Añadamos que ese duodécimo piso es el de una prisión, en la que ha sido encerrado, con enorme injusticia, Antonio. Su libro, para decirlo con las clásicas palabras cervantinas, “se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento.” Y es desde el fondo de esa cárcel de donde salen estos versos transidos de amor, de solidaridad, de esperanza; allí es capaz de escribir: “casi increíble pero no estoy solo.” Sabe que lo acompaña su pueblo, que él ha defendido en condiciones harto difíciles, heroicas.

Emitir juicios puramente literarios sobre este haz de poemas que desborda sensibilidad y valor sería cosa, para volver a las palabras martianas, de pedantes y bribones. En una situación límite, Guerrero canta a la vida, al porvenir donde aguarda “la victoria segura”, a la compañera, a los padres y otros familiares. Porque me parece uno de los mejores poemas del libro, y porque veo en él un símbolo de la certidumbre del autor en la continuidad de su causa, concluiré citando un poema que escribió no hace mucho, el 30 de junio de este año:

Tú eres
A mi hijo
Tú eres mi mano,
Si a lejanos amigos no puedo saludar.
Tú eres mi voz,
si en tribunas de ideas no puedo denunciar.
Tú eres mi risa,
Si a la hora más pura no puedo consolar.
Tú eres mi sueño,
Si llegado el momento no pudiera soñar.
Roberto Fernández Retamar

La Habana, 18 de julio de 2001

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(Desde mi altura, p. 11)

 

 

Canción en Luna llena

En medio de la soledad y un verso
Ráfagas de silencio me despiertan.
Destellos de amor en calma aciertan
Su misterio, su luz y su universo.
Cómo poder descubrir su camino,
Seguirla en cada sombra perseguida.
Recordarte es vital, mas el destino
Lo he de llevar con mirada erguida.
No sé si volverán vientos de aquellos,
Cuando será su nueva bienvenida,
Pero en las noches cuando estás dormida
Canto por los que amo y lucho por ellos.

3 de febrero de 1999.

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(Desde mi altura, p. 49)

 

 

Si te sirven

Aquí estoy arriesgando estos versos
Valerosos, leales y risueños,
Partos de los intrépidos sentidos,
Conceptos engendrados por los sueños.
Voces del alma, más que del talento,
Que representan una llamarada,
Testamentos, secuelas del momento,
Tan sólo para el fin de una jornada.
Versos con esta sombra de nostalgia,
Con este arraigo nómada y activo,
con esta ausencia sin ella, ni ruidos,
con todo este coraje y esta magia,
con todo este privilegio vivo,
con más amor que libertad nacidos.
Tómalos si te sirven,
Para cruzar el mar
O algún abismo,
Guárdalos, si tú quieres,
en el centro de ti mismo.

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(Desde mi altura, p. 19)

 

 

De cara al Sol

No me niegues la sombra que da el río.
No me limites a una sola canción.
No me quites un mar que ha sido mío.
No me apartes mi estrella de pasión.
No me demores más en tu camino.
No me trates de ver sin mi razón.
No me incites a cambiar de destino.
No me juzgues sin ver mi corazón.
No me pongas mirando hacia lo oscuro.
No me intentes tratar como un a traidor.
Soy hombre y bueno, tenlo por seguro,
Y un día he de morir, de cara al sol.

25 de enero de 1999.

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(Desde mi altura, p. 57)